Te quiero viva

Verónica Olivera Vélez 
Departamento de Literatura Comparada, Facultad de Humanidades
Departamento de Ciencias Políticas, Facultad de Ciencias Sociales

 

Recuerdo cuando vivía en Francia, las calles sucias, cuartos malolientes, aires cargados de humedad, y ni hablar de los turistas contaminando las calles con su ignorancia. Todo poeta que vivió en París, reconoce que la situación estaba de mal en peor.  La violencia, la insensibilidad y el abuso de poder nos llevaron a la caída. En especial a nosotros quienes llegamos con la ilusión y el ímpetu de encontrarnos (o perdernos) en la ciudad; donde reinaban las artes y persistió la literatura en medio de la desolación. París tenía para ofrecernos las mejores academias de traducción y los mejores seminarios dialécticos. París no era lo que es hoy. El cielo, por lo general, era color gris, las calles se inundaban de sombras y nosotros, los poetas, nos encontrábamos en el Café (con forma de laberinto, ubicado en la esquina izquierda de la Plaza, dando frente a la floristería), reunidos para despedir la noche.

 

         No era la primera vez que me los encontraba en el Café, solían llegar juntos en las mañanas, pero definitivamente me sorprendió la presencia de la tercera joven. Claro, que no hubiese sido tan sospechoso de no haber ocurrido lo que presidió su llegada. ¡Qué desastre! La pobre Alejandra no sabía donde esconderse de primera, pero luego de Julio haberla humillado, se repuso con gran carácter y negó la imposición. Nosotros los poetas, somos una comunidad, todos nos conocemos o al menos admitimos habernos visto más de una vez. Sucedió que, Alejandra, en la mañana deldía anterior al incidente, no se presentó, como de costumbre, al Café. 

 

Debo admitir que yo también la extrañé. Solía llegar con el pelo húmedo, como acabado de lavar. Compartiendo con todos la fragancia dulce que desistía de su cabello en su andar, insistiendo en revivir los deseos frustrados de la noche anterior. Siempre compartió sus sonrisas, aunque se le notaba, cada vez que ordenaba un café, como se perdía en su propia mirada. Julio una vez me comentó cómo le preocupaba la forma en que Alejandra se entregaba al azar. Es poeta. Aquella vez que pretendí invitarla a salir, accedió; y no es necesario abundar que gracias a mi gran nerviosismo falté a la cita. No lo tomó a mal, sin embargo, cada vez que me mira reconozco un pensamiento de desanimo. Lo sé, la cagué.  Una tarde regresó al Café en busca de un trago, y me senté con ella, rápidamente entendí el porqué de la inquietud de Julio.  Alejandra ya no era la misma. Había cambiado y nadie en la ciudad sabía porqué.

 

Ese día en que a todos nos extraño su ausencia, Julio se encontraba decaído y arrebatado por una gran conmoción. Al pasar por su lado, le pedí que no se abatiera, probablemente la joven había llegado tarde en la noche y no encontró fuerzas para sobreponerse. “¿Sobreponerse?, jamás aprenderá.” -comentó.  Me senté y ordené un café.  Ya cuando terminaba, me confesó que Alejandra había intentado suicidarse. Julio la apreciaba lo suficiente para traerla de regreso a París y mantenerla bajo su cuidado. Sin embargo, la pensaba descuidada por faltar a su compromiso de desayunar todas las mañanas con él.  Luego de una corta conversación, Julio recogió sus cosas, se despidió con mucha cortesía, y como de costumbre su esposa lo vino a recoger justo antes de las diez.

 

Al día siguiente, llegué más temprano que de costumbre y, para mi sorpresa, Alejandra ya estaba allí.  La saludé con mucho entusiasmo, resaltando su ausencia del día anterior, incluso hasta le mencioné como había necesitado de su entusiasmo mañanero. Aproveché también para compartir la inquietud que me había reflejado Julio. A lo que contestó: “Ya estoy mucho mejor”.  Pocos minutos más tardes, llegó Julio… se encontraba bajo la influencia de un coraje descontrolado. Yo podía ver que algo le dolía. Repetía sin cesar, “Te quiero viva, Alejandra”.  Alejandra suspiraba, lacrimosa, palabras que no alcancé a escuchar, luego todo el Café quedó en silencio tras el insulto que acompañó la despedida de Julio. Justo antes de salir por la puerta, Alejandra levantó su voz y sin parar de llorar le dijo: “No tolero tus insultos, tu ambición por mantenerme viva reprime mis deseos, ¡reconoce mi ser!”

 

Cuentan las voces, que la veían en las noches vagar por las calles de París con pitillo en mano y caminando en círculos.

 

Varias semanas después, el rumor seguía siendo el mismo, solo que esta vez había sido vista acompañada de una joven. Una joven que acaba de llegar al país y llegaba con ansías de entregarse a la ciudad, a encontrarse, o a perderse.  Una joven que sin rumbo, sin dinero, sin esperanzas, sin placer, llegaba a rendirse al azar de una vida nueva. Verónica. Era la niña más hermosa que habían visto ojos de poeta. Llevaba sus sentidos vendados de angustias. Tenía una sonrisa casi perfecta, pero la luz de sus ojos había sido sustraída. Una chiquilla simple, nunca se le veía con fajas y mucho menos con el busto apretado. A penas cepillaba su pelo, pero se notaba de lejos que no le hacia falta. Su belleza era silvestre. Nadie conocía de sus escritos. Cuando se regó la voz de que era poeta, al confrontarla rápidamente lo negó.

 

Solo me tomó verla una sola vez para descubrir que Alejandra y ella se entendían. Caminaban contagiándose de momentos pequeños llenos de alegrías, sin embargo arrastraban sus almas vacías de bar en bar. 

 

Decían las malas lenguas que no paraban de fumar y que los domingos en las tardes se reunían en la esquina del putero a escribir canciones para la muerte. Eran dos cuerpos sonámbulos que se paseaban por las calles, arrastrando los males de la sociedad y las pesadillas de una generación atormentada y masacrada de forma violenta…

 

Di un viaje a Nueva York, y nunca más volví a ver a Alejandra.

 

Meses más tarde un amigo muy querido, a través de una carta, me notificó su muerte. Me contó de su suicido y de cómo había sido una gran tragedia para nuestra comunidad de poetas…

 

Hace un año regresé al Café que hoy en día ha sido transformado en pizzería. ¡Cómo cambian las cosas! Ya no frecuentan poetas, sino estudiantes de filosofía. Casi no podía creer, que en la misma silla, se encontraba Julio disfrutando de su café. Se encontraba solo y al verme reconoció mi presencia y me dio un abrazo corto.

 

Me senté en la silla contrapuesta y lo escuché decir a la nada: “Verónica, te quiero viva.”

 

Revista [IN]Genios, Vol. 3, Núm. 1 (septiembre, 2016).
ISSN#: 2374-2747
Universidad de Puerto Rico, Río Piedras
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Posted on September 12, 2016 .